qué ganas de llorar ahora de vuelta la realidad, después de dos días de encierro en despoblado; se acaban los pays de nueces, los litchis, el cabrito, la tibieza del sol de campo.
qué nostalgia de esas horas tejiendo a la sombra del mezquite, el viento fresco que se enreda en las ramas y tus cabellos, cuando las golondrinas del estacionamiento abandonan sus nidos y sus crías y se remojan en los charcos junto a la alberca.
tan triste como las piedras del arrollo tiradas junto al río, casi unos infelices huevos de dinosaurio, lisos y blancos de soledad.
qué aciago aquel momento en la tormenta de la noche, cuando el cielo crujía de agua sobre la hacienda y los eucaliptos de la ventana, azotando con truenos y lágrimas las ventanas y robándose la luz en un suspiro, desvaneciéndola frente a nuestros ojos, como el epílogo de hoy, o quizás tan solo un nuevo preámbulo.
la pena al despedir a los dos viejos labradores negros y al heeler azul, con sus ojos cansados y el pelambre lleno de cadillos, qué amargura tan grande no verlos más correteando a las ovejas ni trotando junto a los caballos,
miras hacia atrás por la ventana de la camioneta, el camino que recorre un barrio de la esperanza con sus bardas de piedras amontonadas y de nopales, escuchando alguna canción en el ipod y ahora ya avanzando sobre la carretera, con los límites de la ciudad cerca y la espantosa certeza de una rutina y otras cosas peores a punto de empezar apenas te adentres en ella.
qué nostalgia de esas horas tejiendo a la sombra del mezquite, el viento fresco que se enreda en las ramas y tus cabellos, cuando las golondrinas del estacionamiento abandonan sus nidos y sus crías y se remojan en los charcos junto a la alberca.
tan triste como las piedras del arrollo tiradas junto al río, casi unos infelices huevos de dinosaurio, lisos y blancos de soledad.
qué aciago aquel momento en la tormenta de la noche, cuando el cielo crujía de agua sobre la hacienda y los eucaliptos de la ventana, azotando con truenos y lágrimas las ventanas y robándose la luz en un suspiro, desvaneciéndola frente a nuestros ojos, como el epílogo de hoy, o quizás tan solo un nuevo preámbulo.
la pena al despedir a los dos viejos labradores negros y al heeler azul, con sus ojos cansados y el pelambre lleno de cadillos, qué amargura tan grande no verlos más correteando a las ovejas ni trotando junto a los caballos,
miras hacia atrás por la ventana de la camioneta, el camino que recorre un barrio de la esperanza con sus bardas de piedras amontonadas y de nopales, escuchando alguna canción en el ipod y ahora ya avanzando sobre la carretera, con los límites de la ciudad cerca y la espantosa certeza de una rutina y otras cosas peores a punto de empezar apenas te adentres en ella.

7 comentarios:
vaya que pasaste un cómodo fin de semana en la lejanía de la ciudad...
aquí todo sigue igual de aburrido...
tamD
K
Me acordé de unas vacaciones en el bosque de pinos, esos lugares que desafían al tiempo.
Por un momento me imaginé en tus zapatos....
Pero esta a pundo de terminar.
Me afectó de veras lo de twitter, ahora ya me debe dos :P adiós.
La ciudad es tambien un ecosistema, pero prefiero verla como un ser; cosa natural si está poblada por seres...
No obstante la ciudad de San Luis es un ser no-vivo; una especie de cadáver ambulante con el cinismo de sonreír.
"a mi no me engañan vivo en un cadáver" -Su Mercé-
... una rutina y otras cosas peores :) juraria que te había oído ya estas palabras descontextualizadas ;) salieron de aquí en su día o vinieron aquí desde allí?
Te entiendo...
Me es muy familiar.
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