lunes, febrero 23, 2009

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-Si el hombre viviera eternamente, sin desaparecer, sin envejecer, si pudiera vivir una juventud perpetua en este mundo, ¿crees que se rompería la cabeza, como hacemos nosotros, pensando en esto y aquello? Es decir, nosotros pensamos, más o menos, en muchas cosas, ¿no? Filosofía, psicología, lógica, o religión, literatura. ¿Crees que si no existiera la muerte surgirían todos esos pensamientos, esos conceptos tan complicados en la superficie de la tierra? Es decir...
May Kasahara se interrumpió en este punto y enmudeció. Mientras tanto, la expresión es decir quedó colgando, inmóvil, en la oscuridad del pozo, como un fragmento de pensamiento arrancado a la fuerza. Quizás hubiera perdido las ganas de seguir hablando. O quizá necesitara tiempo para pensar en cómo continuar su discurso. Permanecí en silencio esperando a que prosiguiera. Mantenía la cabeza gacha. De repente, se me ocurrió que si quisiera matarme enseguida lo tendría fácil. Bastaría con traer un pedrusco y dejarlo caer dentro del pozo. Si tiraba varios, alguno me daría en la cabeza,
-Es decir..., lo que yo creo es que el hombre piensa en el significado de la vida porque sabe con certeza que va a morir algún día. ¿No te parece? ¿Quién se tomaría en serio el hecho de estar vivo si viviera eternamente? ¿De dónde surgiría esta necesidad? Aunque suponiendo que la tuviera, uno acabaría diciendo: Todavía tengo mucho tiempo. Ya pensaré en ello más adelante. Pero eso, en la realidad, no es así. Nosotros debemos pensar en este instante, aquí y ahora. Mañana por la tarde quizá muera atropellada por un camión. Quizá dentro de tres días tú mueras de hambre y sed en el fondo de este fondo. ¿No es así? Nadie sabe lo que va a ocurrir. Por eso nosotros, para evolucionar, necesitamos la muerte. Eso es lo que creo. Cuanto más viva y gigantesca sea la presencia de la muerte, más pensaremos en ella. -Y en este punto, May Kasahara hizo una pausa-.


crónica del pájaro que da cuerda al mundo - haruki murakami

domingo, febrero 15, 2009

apenas llegamos a la hacienda y yo ya había mentido dos veces; pero no pude evitarlo, en cuanto la señora beatríz se me fue encima con los brazos de matrona bien abiertos dije si claro, me encuentro perfectamente bien, y si, por supuesto que se me apetece un refresco con hielos. mentira, mentira, tenía el mareo de toda la terracería aún dándome vueltas la cabeza y unas ganas de orinar amarradas desesperadamente entre las piernas. y lo del refresco, detesto el refresco, en especial con hielos, pero me lo bebí obedientemente hasta dejar limpios los hielos y desaparecí con diligencia de la cocina. después las horas transcurrieron líquidas sobre esa tarde quieta y tibia, como en aquel cuadro de dalí pero con un poco menos de surrealismo. haydee y su haceseismesesestrenadomaridodeojosazules desaparecieron en alguna de las muchas habitaciones que rodean la fuente y el jardín del centro de la hacienda mientras yo recorría los pasillos con un trozo de queso ahumado italiano en la mano rumbo a la sala. el piso de madera crujiendo bajo los pasos, las mismas figuras de cerámica de todos los años, la luz ocre y horizontal atravesando los enormes ventanales que se abren ante la alberca y el resto del terreno, la chimenea al fondo de la habitación, una enorme lámpara con mil lenguas colgantes de vidrio rojas, anaranjadas, amarillas que se balancea sobre mi cabeza y los mullidos sofás y sillones que parecen abrazarse a mi cuerpo cuando me dejo caer sobre ellos con un gemido por la espalda dolorida víctima del sexo ofuscado y clandestino de ayer. y las horas acuosas que se me confundían con las páginas y páginas leídas del libroladrillo sobre el sillón. la temperatura bajaba, habitación se oscurecía y el alcohol parecía aflojar cada vez más el discurso de mis padres y los demás señores en la cocina. mas tarde salieron de la habitación y la casa pareció recogerse en un extraño silencio; un silencio tan profundo y raro que hería los tímpanos. levanté los ojos del libro y las vértebras de cuello crujieron al mirar en torno a mi y encontrar los árboles agitados con un violento viento y nada más. seguro que había estado leyendo demasiado murakami durante un montón de horas seguidas sin tomar un respiro ni descansar, porque ese silencio me recordó de súbito y con un escalofrío al pozo del señor pajaro-que-da-cuerda y aún horas después el recuerdo no desvanecerse ni con el retorno de la gente ni con el bullicio.

lunes, febrero 02, 2009

estuvimos viendo el super bowl y yo apenas entendí la mitad de lo que ví. entre plátanos machos quemados con queso, camote asado con leche condensada y canela, vino blanco espumoso y enormes vasos de agua helada. y mi dolor de cabeza, el cabello suelto lleno de sudor, del humo de carne asada, y pastillas para la migraña como si fueran palomitas. jugando guitar hero hasta exprimir por completo la pila del DS, tocando la batería sin pedal y cantando sin micrófono las canciones del rock band, con los dedos pegostiosos de trufas y gomitas de sabores, los primos correteando por toda la casa al chihuahueñohipopótamo mientras se debaten entre la tos con flemas y las carcajadas histéricas, y mi padre sentado a mi lado en el sillón de piel marrón, bajo el ventilador encendido y frente a la pantalla plana en la que los steelers y los cardinals se partían toda la madre y también el resto del cuerpo, rascando la espalda de pulga que duerme y ronca en mi regazo y el adormecimiento que se apodera de mis pies desnudos y del resto del cuerpo como si en realidad sintiera algo, como si en realidad y en algun lugar remoto quisiera estar sintiendo, sintiéndolo.