
-¿Tú me quieres de verdad? -me preguntó en voz baja.
-Pues claro -respondí-. Claro que te quiero.
-Pues claro -respondí-. Claro que te quiero.
Me miró de frente apretando los labios con fuerza. Sostuvo la mirada tanto tiempo que empecé a sentirme incómodo.
-Yo también te quiero -dijo un poco después. "Pero", pensé.
-Pero -siguió tal como yo había previsto-, no vayas tan deprisa.
Asentí.
-No me atosigues. Yo tengo mi propio ritmo. No soy tan espabilada. Necesito tiempo para hacer las cosas. ¿Podrás esperar?
Volví a asentir en silencio. -No me atosigues. Yo tengo mi propio ritmo. No soy tan espabilada. Necesito tiempo para hacer las cosas. ¿Podrás esperar?
-¿Me lo prometes? -preguntó.
-Te lo prometo.
-¿Y no me harás daño?
-No te haré daño.
Izumi bajó los ojos y se quedó mirando los zapatos. Eran unos mocasines negros corrientes. Al lado de los míos, se veían tan pequeños que parecían de juguete.
-Tengo miedo -dijo-. Últimamente, no sé por qué, me siento como un caracol sin caparazón.
-Yo también tengo miedo. No sé por qué, pero a veces me siento como una rana sin membranas entre los dedos.
Alzó la vista y me miró. Esbozó una pequeña sonrisa.
Luego, sin mediar palabra, nos dirigimos a la parte umbría del edificio, nos abrazamos y nos besamos. Éramos un caracol que había perdido el caparazón y una rana que había perdido las membranas. La apreté con fuerza contra mi pecho. Nuestras lenguas se tocaron con suavidad. Acaricié sus senos por encima de la blusa. No se resistió. Sólo cerró los ojos, suspiró. Sus pechos no eran muy grandes, se amoldaban a la perfección a la palma de mi mano. Como si hubieran sido hechos para ello. Ella apoyó la mano sobre mi corazón. Su tacto se fundió con mis latidos.
-Tengo miedo -dijo-. Últimamente, no sé por qué, me siento como un caracol sin caparazón.
-Yo también tengo miedo. No sé por qué, pero a veces me siento como una rana sin membranas entre los dedos.
Alzó la vista y me miró. Esbozó una pequeña sonrisa.
Luego, sin mediar palabra, nos dirigimos a la parte umbría del edificio, nos abrazamos y nos besamos. Éramos un caracol que había perdido el caparazón y una rana que había perdido las membranas. La apreté con fuerza contra mi pecho. Nuestras lenguas se tocaron con suavidad. Acaricié sus senos por encima de la blusa. No se resistió. Sólo cerró los ojos, suspiró. Sus pechos no eran muy grandes, se amoldaban a la perfección a la palma de mi mano. Como si hubieran sido hechos para ello. Ella apoyó la mano sobre mi corazón. Su tacto se fundió con mis latidos.
