Te decía que Vidal nació en la mañana con mis labios sobre tus labios como para meterte en la boca la certeza del flamante primo, detrás de tu nuca el vaso con agua y el celular, empujando mi vientre ansioso al tuyo, escaleras abajo, hasta la rechinante puerta de la habitación.
Después, después, el mobile con sus trozos colgantes de geoda que tintinean bajo la ventana abierta y tus besos en la espalda baja torturada me arrancan el suplicio delineando un escalofrío hasta el centro mismo de las piernas, con el hueco de mi cintura entre tus manos y la certeza de mis 43 kilos como un estigma lastimero sobre ti.
La mirada de Ella vigilando desde la repisa, junto al ramo de rosas marchitas que algún día me diste, una colcha azul de plumas bajo el perro adormecido con las patas estiradas y el nudo de nuestros cuerpos, hurgando en los lunares de tu hombro izquierdo por la justificación de mi veintena al borde del mismo precipicio y encontrarla al repasar las puntas de mis dedos en los rasguños de tu espalda.