La casa olerá a café apenas hayas llegado. Te detendrás ante la puerta buscando la llave en los bolsillos húmedos mientras la lluvia sigue empapándote el cuerpo y, apenas entrando, te toparás con la sala a oscuras. El perro saltará sobre ti meneando alegremente el rabo y el fuerte aroma del café recién hecho te llenará de golpe los pulmones. Te exprimirás el pelo con las manos, te despojarás de los converse y los calcetines que chorrearán agua y andarás descalza hasta la cafetera encendida. Tomarás una taza azul del estante y la llenarás hasta el borde con ese café amargo. Entonces el primer trago te quemará la garganta y te hará estremecer con violencia las tripas y el vientre vacío; las agruras inundarán lentamente tu boca al tiempo que el oscuro vicio se te pega a las paredes del estómago y te llena de un indómito calor por dentro.
La lluvia seguirá cayendo. Sostendrás la taza entre las manos, tu mirada se perderá con el cristal mojado de la ventana y escurrirá entre los trozos de cielo líquido que caen. Un relámpago surcará el cielo y el trueno te sacudirá de pronto el aturdimiento. Habrás estado ida un largo rato, y apenas vuelvas en ti, dejarás la taza sobre la mesa y abrirás de golpe la ventana.
La fría brisa revuelta con agua entrará desde el jardín y salpicará tu cara. Cerrarás los ojos mientras escuchas caer las gotas y las corrientes heladas te erizan la piel bajo la ropa húmeda. El perro se pegará a tus tobillos para tratar de lamerte los pies mojados; con la mirada fija en el cielo gris y centelleante, te sacarás los jeans de pesada mezclilla húmeda y andarás semidesnuda a lo largo de la sala sumida en tinieblas para ir abriendo una a una las ventanas. Al llegar al pie de las escaleras dejarás la playera de tela blanca y ahora transparente goteando como una paloma lánguida en el barandal de madera. Recorrerás de puntillas los peldaños y sólo se escuchará el murmullo de tus pies descalzos sobre la loza y el repiqueteo de la lluvia en el tejado.
Y mientras subes las escaleras te irás desabrochando el sujetador y liberando tus hombros enjutos y los brazos. La ventana del pasillo en la escalera se abrirá con un golpe sordo y la brisa húmeda y fría te erizará con un escalofrío la piel desnuda en la nuca y los pezones.
Afuera la lluvia habrá arreciado. Llegarás al segundo piso y seguirás abriendo una a una las ventanas, hasta que la tormenta entera atraviese la casa, puro viento y agua, sin oponer resistencia.
Te detendrás de repente ante el gran espejo que cuelga de la pared de tu habitación; tu imagen se perderá entre las sombras y sólo la tenue luz amarillenta de una farola que se filtra desde la ventana iluminará tu silueta.
Clavarás sin piedad la mirada en el cuerpo que ahora encuentras mancillado, ajeno; y con un abatido gesto te despojarás de tu última prenda hasta quedar desnuda por completo. Tus ojos recorrerán puntuales esa piel recién estrenada, esos pechos apenas besados, ese sexo perverso y ahora deshonrado. Y la lluvia inundará finalmente el interior de tu casa.
El llanto te sacudirá con violencia, y no perderás detalle de esas lágrimas que te escurren por la barbilla y gotean hasta el suelo, mezclándose en un charco de lluvia y agua. Tus sollozos serán tan estremecedores que no escucharás el timbre del teléfono, empezando asonar en ese instante. Los timbrazos se perderán entre el trueno y los lamentos, una y otra vez, hasta que el contestador automático emita un sonoro bip y se disponga a grabar el mensaje.
Entonces tu aflicción será interrumpida por aquella voz áspera que te dice desde un rincón de la habitación dame un motivo, dame un sólo motivo para irme y te juro que lo haré, y la comunicación se cortará bruscamente; tu conjoja se desvanecerá con esa misma urgencia mientras te quedas de piedra, ahora temblando y con los ojos cerrados para no ver más tu reflejo.
Tus oídos buscarán algún resquicio de tormenta, de relámpago, de trueno, algo que ahogue las palabras que ahora te retumban en la cabeza, y correrás hasta la terraza tropezando con las macetas porque aún estás ciega de espanto, para detenerte de golpe justo en el centro. Un soplo de viento helado se enroscará como danzando alrededor de tu cuerpo y lo sacudirá con espasmos rabiosos; y al no encontrar más la lluvia sobre tu cabeza te darás cuenta que se te ha metido adentro, que el trueno palpita ahora con estruendo en tu pecho y el relámpago se te ha vuelto un escalofrío permanente en las vértebras.
Te habrás quedado perpleja, desnuda e inmóvil bajo el cielo encapotado, percibiendo esa tempestad arremolinándose, pugnando por salir con una terrible prisa y un desespero; en cualquier momento, en cualquier momento,
Al abrir los ojos y cerrar las manos,
Y el silencio.
La lluvia seguirá cayendo. Sostendrás la taza entre las manos, tu mirada se perderá con el cristal mojado de la ventana y escurrirá entre los trozos de cielo líquido que caen. Un relámpago surcará el cielo y el trueno te sacudirá de pronto el aturdimiento. Habrás estado ida un largo rato, y apenas vuelvas en ti, dejarás la taza sobre la mesa y abrirás de golpe la ventana.
La fría brisa revuelta con agua entrará desde el jardín y salpicará tu cara. Cerrarás los ojos mientras escuchas caer las gotas y las corrientes heladas te erizan la piel bajo la ropa húmeda. El perro se pegará a tus tobillos para tratar de lamerte los pies mojados; con la mirada fija en el cielo gris y centelleante, te sacarás los jeans de pesada mezclilla húmeda y andarás semidesnuda a lo largo de la sala sumida en tinieblas para ir abriendo una a una las ventanas. Al llegar al pie de las escaleras dejarás la playera de tela blanca y ahora transparente goteando como una paloma lánguida en el barandal de madera. Recorrerás de puntillas los peldaños y sólo se escuchará el murmullo de tus pies descalzos sobre la loza y el repiqueteo de la lluvia en el tejado.
Y mientras subes las escaleras te irás desabrochando el sujetador y liberando tus hombros enjutos y los brazos. La ventana del pasillo en la escalera se abrirá con un golpe sordo y la brisa húmeda y fría te erizará con un escalofrío la piel desnuda en la nuca y los pezones.
Afuera la lluvia habrá arreciado. Llegarás al segundo piso y seguirás abriendo una a una las ventanas, hasta que la tormenta entera atraviese la casa, puro viento y agua, sin oponer resistencia.
Te detendrás de repente ante el gran espejo que cuelga de la pared de tu habitación; tu imagen se perderá entre las sombras y sólo la tenue luz amarillenta de una farola que se filtra desde la ventana iluminará tu silueta.
Clavarás sin piedad la mirada en el cuerpo que ahora encuentras mancillado, ajeno; y con un abatido gesto te despojarás de tu última prenda hasta quedar desnuda por completo. Tus ojos recorrerán puntuales esa piel recién estrenada, esos pechos apenas besados, ese sexo perverso y ahora deshonrado. Y la lluvia inundará finalmente el interior de tu casa.
El llanto te sacudirá con violencia, y no perderás detalle de esas lágrimas que te escurren por la barbilla y gotean hasta el suelo, mezclándose en un charco de lluvia y agua. Tus sollozos serán tan estremecedores que no escucharás el timbre del teléfono, empezando asonar en ese instante. Los timbrazos se perderán entre el trueno y los lamentos, una y otra vez, hasta que el contestador automático emita un sonoro bip y se disponga a grabar el mensaje.
Entonces tu aflicción será interrumpida por aquella voz áspera que te dice desde un rincón de la habitación dame un motivo, dame un sólo motivo para irme y te juro que lo haré, y la comunicación se cortará bruscamente; tu conjoja se desvanecerá con esa misma urgencia mientras te quedas de piedra, ahora temblando y con los ojos cerrados para no ver más tu reflejo.
Tus oídos buscarán algún resquicio de tormenta, de relámpago, de trueno, algo que ahogue las palabras que ahora te retumban en la cabeza, y correrás hasta la terraza tropezando con las macetas porque aún estás ciega de espanto, para detenerte de golpe justo en el centro. Un soplo de viento helado se enroscará como danzando alrededor de tu cuerpo y lo sacudirá con espasmos rabiosos; y al no encontrar más la lluvia sobre tu cabeza te darás cuenta que se te ha metido adentro, que el trueno palpita ahora con estruendo en tu pecho y el relámpago se te ha vuelto un escalofrío permanente en las vértebras.
Te habrás quedado perpleja, desnuda e inmóvil bajo el cielo encapotado, percibiendo esa tempestad arremolinándose, pugnando por salir con una terrible prisa y un desespero; en cualquier momento, en cualquier momento,
Al abrir los ojos y cerrar las manos,
Y el silencio.

11 comentarios:
yo descubri que tomar cafe es muy placentero junto a alejandro tello cakes mientras amedo y kristoff nos llaman abuelitos!
dame un motivo, dame un sólo motivo para irme y te juro que lo haré
...eso suena como algo que yo deberìa decir...pero ya me decidì. Tarde pero segura.
Me acordé de La Muerte de Artemio Cruz. Me gustó mucho, no la muerte de ese señor sino su post :) ya la extrañaba. Usted es talentosa, en eso soy terco.
cuando llueve... las converse son una mierda ;)
hacía tanto que no escribías taaaaaaaaaaan bien :)
P.P.: para éstos días este disco es fantáaaaaaaastico
Me hiciste recordar algo...
estoy afanada a tus letras
interrumpiendome solamente para vovler la vista a los recuerdos.
Preciosa...
y el silencio...
el último acompañante de todos...
lástima que muchos no lo disfruten...
perdón, los pinches últimos trabajos devoraron mi tiempo y olvidé pasar a "firmar", dirían los metrofloggeros...
tamD
K
de·li·cio·so
Peligroso. Peligroso es escribir siempre en segunda persona. Sin embargo hay en tu texto una tristeza fulminante, un dejo de desesperanza que me contradice, me hace disfrutarlo enormemente pero a la vez me oprime las entrañas.
No te confudnas, lo que quiero decir es que me ha parecido genial.
Lo mejor que te he leído, por mucho.
Gracias, y felicidades.
"hay pocas cosas tan ensordecedoras como el silencio"
Nieri me dijó una vez que por las noches el silencio suena a musica.
Y sabes mi niña, Nieri tiene razon.
Creo que lloraré de nuevo...
por un momento me sentí absorbida,
protagonista de tu relato...
Pero en mi caso... aunque existan
motivos él no se irá....
Me retiro
Sayonara...
Amo leerte como no tienes una idea.
Ay Doré!
Gracias por encontrarme.
Y si fuí a Disney hace como un año ya. Y lo sigo disfrutando como "enana de circo" :)
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