En realidad ¿Qué sabe el hombre de si mismo?
martes, enero 20, 2009
En realidad ¿Qué sabe el hombre de si mismo?
viernes, enero 16, 2009
miércoles, diciembre 31, 2008
La habitación está en semipenumbra, pero ella aún puede ver. La colcha en el piso, la sábana enredada en sus cuerpos, el estruendo de la calle parece haber amainado. Él enciende dos cigarrillos y le da uno. Los dos aspiran. Él le acaricia el cuerpo con la mano, y luego de nuevo, para abarcarla toda con los dedos. Ella se acurruca junto a él con la oreja sobre su pecho y espera. La boca le sabe a humo, a su propia sal. Él la abraza, le roza el cuello con los labios, la garganta; la boca no. Ella tiembla.
Te resultará fácil deshacerte de mí, susurra él finalmente. Su voz resuena, parece salir directamente desde su pecho, en una caverna. Será suficiente con que tomes un baño al llegar a casa.
No digas eso, le pide ella susurrando también. Te burlas de mí. Si por ti fuera preferirías pensar que nunca soy sincera.
Él exhala bocanadas de humo hacia el techo, con la mirada perdida.
¿Cuándo volveré a verte?
No lo sé, no puedo salir tan seguido; es peligroso. Comenzarán a sospechar. Se incorpora sobre su codo para mirarle la cara. Él continúa ausente, con la vista hacia arriba, como si ella no estuviera ahí.
Ansía hostigarlo con preguntas, siente una rabia sorda que le hiere por dentro. Tiene ganas de convertirse en la mujer celosa y posesiva para lo que la han educado. Quiere saber dónde ha estado, con quién. Por qué desaparece durante tantos meses, si nunca podrán verse en público; detesta los secretos, la clandestinidad. Siente que cada visita furtiva le consume el juicio, los márgenes de su realidad.
Has hecho algo malo, ¿verdad? La pregunta huye de sus labios antes de notarlo.
Estoy robando y malgastando tu rubia juventud y belleza, ¿No es bastante? Suelta una débil risa ronca.
Ella se incorpora, cubriéndose con la sábana. Hablo en serio.
Se vuelve hacia ella. Su mirada vidriosa arde en confusión y rabia. Sabe que le debe explicaciones, teme que finalmente se canse del misterio y desaparezca. Pero no soporta mostrar ante ella ni un atisbo de fragilidad. Su indiferencia es la única fortaleza que le queda.
He hecho algo malo, y no puedo volver, responde.
¿Nunca?
Al menos no por ahora.
Yo también he hecho algo malo, dice ella torpemente. Algo que nunca van a perdonarme.
Por eso estamos juntos, supongo.
Es posible. Él le acaricia la frente, le recorre la mejilla con un dedo. De cualquier manera habrá vida después de esta vida, después de nuestra vida.
Enciende otro cigarrillo y le ofrece; ella lo rechaza negando con la cabeza. Está fumando demasiado. Es a causa de los nervios, aunque no le tiemblen las manos.
Ven, pide él. Túmbate de nuevo. Se recuesta. Él le rodea la cintura con el brazo y continúa fumando. El humo se retuerce en espirales sobre sus cuerpos vulnerables y quietos, como de dos exiliados.
miércoles, diciembre 24, 2008
sábado, noviembre 01, 2008
Una lluvia suave pero constante cae desde el medio día. Hay niebla que envuelve los árboles, los caminos. Ella pasa por delante del parque, buscando su entrada. Un paraguas color crema, a juego con su gabardina, se apoya sobre su hombro. Recorre los senderos vacíos haciendo sonar los tacones en el camino de grava y lo busca con la mirada, temiendo que no esté ahí. En el centro del parque, resguardándose de la lluvia bajo un gran sauce llorón, lo distingue. Aprieta el paso al tiempo que cierra el paraguas.
Él la mira acercarse caminando como si flotara entre la espesura de los árboles y la persistente lluvia. Está sentado en una banca bajo el árbol, esperándola desde hace media hora.
No pude salir antes, dice ella echándose la capucha del abrigo hacia atrás.
No importa.
No debiste haber llamado al timbre, alguien podría haberte visto.
Tuve cuidado. Hacía tiempo que te observaba cerca de la ventana, sabía que me notarías.
Pero pude no haber sido la única. Un escalofrío le recorre la espalda y tiembla. Le gustaría que él la estrechara, pero sabe que no lo hará, no ahora, todavía.
¿Cuándo llegaste?, pregunta ella mirándole las manos. Están limpias, llenas de callos. Las unas cortadas al ras apenas se asoman en los dedos.
Justo ahora.
¿Y cuando vas a irte?
No lo sé, responde él. Gastas el tiempo con demasiadas preguntas.
El viento mece las ramas del árbol que los resguarda. Hace frío y él no está abrigado lo suficiente. Su ropa y su pelo están húmedos. Y la lluvia persiste.
No puedo quedarme mucho, no tardarán en notar mi ausencia, dice ella de pronto, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja y subiéndose la capucha de nuevo.
Él le sujeta la muñeca con una mano limpia de uñas al ras. Volveré a buscarte.
Ella asiente, abre el paraguas y se incorpora. Los tacones suenan sobre la grava para reanudar su camino. Avanza más rápidamente que cuando la vio acercarse. Él clava los ojos en su espalda esbelta y la mira desaparecer engullida por los árboles y la niebla.
Sabe que se ha quedado mirándola, apenas se levanta lo siente atravesándole la espalda. Tiene miedo. La promesa recién hecha se le ciñe como un nudo a la garganta.
sábado, septiembre 13, 2008
martes, agosto 19, 2008
sábado, agosto 16, 2008
Llegando hace apenas dos horas de Linares, nubes de mariposas por la carretera, lluvia violenta, y el calor, y una suburban blanca desbarrancada por la derecha hasta la mitad de un precipicio (después te escribo fragmentos de canciones y mis dedos quisieran acariciar tu cuerpo en lugar de sólo el abc del celular)
Encontré un libro de Cortázar en el baño de la casa, cuatro perros enanos acalorados que trepan al mismo tiempo hasta mis piernas, arañándome la rodilla y el hombro, la cocina que despide un aroma a comida árabe y los siete ventiladores del piso de abajo encendidos, me voy a la cama mareada de sueño y de calor, casi media noche, la habitación de Darío a oscuras (del piso de abajo resuenan carcajadas ahogadas y el tenue maullido de Misho, siento la lengua pastosa y el cuerpo vidrioso, y aún así, mis ganas de tenerte cerca me duelen insoportablemente en el pecho)

