jueves, marzo 05, 2009

este es un ejemplo de cómo las pinches crisis económicas mezcladas con una regla tardía llegan a jodernos todo el puto día

lunes, febrero 23, 2009

[...]
-Si el hombre viviera eternamente, sin desaparecer, sin envejecer, si pudiera vivir una juventud perpetua en este mundo, ¿crees que se rompería la cabeza, como hacemos nosotros, pensando en esto y aquello? Es decir, nosotros pensamos, más o menos, en muchas cosas, ¿no? Filosofía, psicología, lógica, o religión, literatura. ¿Crees que si no existiera la muerte surgirían todos esos pensamientos, esos conceptos tan complicados en la superficie de la tierra? Es decir...
May Kasahara se interrumpió en este punto y enmudeció. Mientras tanto, la expresión es decir quedó colgando, inmóvil, en la oscuridad del pozo, como un fragmento de pensamiento arrancado a la fuerza. Quizás hubiera perdido las ganas de seguir hablando. O quizá necesitara tiempo para pensar en cómo continuar su discurso. Permanecí en silencio esperando a que prosiguiera. Mantenía la cabeza gacha. De repente, se me ocurrió que si quisiera matarme enseguida lo tendría fácil. Bastaría con traer un pedrusco y dejarlo caer dentro del pozo. Si tiraba varios, alguno me daría en la cabeza,
-Es decir..., lo que yo creo es que el hombre piensa en el significado de la vida porque sabe con certeza que va a morir algún día. ¿No te parece? ¿Quién se tomaría en serio el hecho de estar vivo si viviera eternamente? ¿De dónde surgiría esta necesidad? Aunque suponiendo que la tuviera, uno acabaría diciendo: Todavía tengo mucho tiempo. Ya pensaré en ello más adelante. Pero eso, en la realidad, no es así. Nosotros debemos pensar en este instante, aquí y ahora. Mañana por la tarde quizá muera atropellada por un camión. Quizá dentro de tres días tú mueras de hambre y sed en el fondo de este fondo. ¿No es así? Nadie sabe lo que va a ocurrir. Por eso nosotros, para evolucionar, necesitamos la muerte. Eso es lo que creo. Cuanto más viva y gigantesca sea la presencia de la muerte, más pensaremos en ella. -Y en este punto, May Kasahara hizo una pausa-.


crónica del pájaro que da cuerda al mundo - haruki murakami

domingo, febrero 15, 2009

apenas llegamos a la hacienda y yo ya había mentido dos veces; pero no pude evitarlo, en cuanto la señora beatríz se me fue encima con los brazos de matrona bien abiertos dije si claro, me encuentro perfectamente bien, y si, por supuesto que se me apetece un refresco con hielos. mentira, mentira, tenía el mareo de toda la terracería aún dándome vueltas la cabeza y unas ganas de orinar amarradas desesperadamente entre las piernas. y lo del refresco, detesto el refresco, en especial con hielos, pero me lo bebí obedientemente hasta dejar limpios los hielos y desaparecí con diligencia de la cocina. después las horas transcurrieron líquidas sobre esa tarde quieta y tibia, como en aquel cuadro de dalí pero con un poco menos de surrealismo. haydee y su haceseismesesestrenadomaridodeojosazules desaparecieron en alguna de las muchas habitaciones que rodean la fuente y el jardín del centro de la hacienda mientras yo recorría los pasillos con un trozo de queso ahumado italiano en la mano rumbo a la sala. el piso de madera crujiendo bajo los pasos, las mismas figuras de cerámica de todos los años, la luz ocre y horizontal atravesando los enormes ventanales que se abren ante la alberca y el resto del terreno, la chimenea al fondo de la habitación, una enorme lámpara con mil lenguas colgantes de vidrio rojas, anaranjadas, amarillas que se balancea sobre mi cabeza y los mullidos sofás y sillones que parecen abrazarse a mi cuerpo cuando me dejo caer sobre ellos con un gemido por la espalda dolorida víctima del sexo ofuscado y clandestino de ayer. y las horas acuosas que se me confundían con las páginas y páginas leídas del libroladrillo sobre el sillón. la temperatura bajaba, habitación se oscurecía y el alcohol parecía aflojar cada vez más el discurso de mis padres y los demás señores en la cocina. mas tarde salieron de la habitación y la casa pareció recogerse en un extraño silencio; un silencio tan profundo y raro que hería los tímpanos. levanté los ojos del libro y las vértebras de cuello crujieron al mirar en torno a mi y encontrar los árboles agitados con un violento viento y nada más. seguro que había estado leyendo demasiado murakami durante un montón de horas seguidas sin tomar un respiro ni descansar, porque ese silencio me recordó de súbito y con un escalofrío al pozo del señor pajaro-que-da-cuerda y aún horas después el recuerdo no desvanecerse ni con el retorno de la gente ni con el bullicio.

lunes, febrero 02, 2009

estuvimos viendo el super bowl y yo apenas entendí la mitad de lo que ví. entre plátanos machos quemados con queso, camote asado con leche condensada y canela, vino blanco espumoso y enormes vasos de agua helada. y mi dolor de cabeza, el cabello suelto lleno de sudor, del humo de carne asada, y pastillas para la migraña como si fueran palomitas. jugando guitar hero hasta exprimir por completo la pila del DS, tocando la batería sin pedal y cantando sin micrófono las canciones del rock band, con los dedos pegostiosos de trufas y gomitas de sabores, los primos correteando por toda la casa al chihuahueñohipopótamo mientras se debaten entre la tos con flemas y las carcajadas histéricas, y mi padre sentado a mi lado en el sillón de piel marrón, bajo el ventilador encendido y frente a la pantalla plana en la que los steelers y los cardinals se partían toda la madre y también el resto del cuerpo, rascando la espalda de pulga que duerme y ronca en mi regazo y el adormecimiento que se apodera de mis pies desnudos y del resto del cuerpo como si en realidad sintiera algo, como si en realidad y en algun lugar remoto quisiera estar sintiendo, sintiéndolo.

martes, enero 20, 2009


En realidad ¿Qué sabe el hombre de si mismo?
¿Sería capaz de percibirse a si mismo, aunque sólo fuese por una vez, como si estuviese tendido en una vitrina iluminada?
¿Acaso no le oculta la naturaleza la mayor parte de las cosas, incluso su propio cuerpo...?

Sobre verdad y mentira en sentido extramoral
F.Nietzsche

viernes, enero 16, 2009

las p a l a b r a s


no son


l
a
s


c
o


s

a

s

miércoles, diciembre 31, 2008


La habitación está en semipenumbra, pero ella aún puede ver. La colcha en el piso, la sábana enredada en sus cuerpos, el estruendo de la calle parece haber amainado. Él enciende dos cigarrillos y le da uno. Los dos aspiran. Él le acaricia el cuerpo con la mano, y luego de nuevo, para abarcarla toda con los dedos. Ella se acurruca junto a él con la oreja sobre su pecho y espera. La boca le sabe a humo, a su propia sal. Él la abraza, le roza el cuello con los labios, la garganta; la boca no. Ella tiembla.

Te resultará fácil deshacerte de mí, susurra él finalmente. Su voz resuena, parece salir directamente desde su pecho, en una caverna. Será suficiente con que tomes un baño al llegar a casa.

No digas eso, le pide ella susurrando también. Te burlas de mí. Si por ti fuera preferirías pensar que nunca soy sincera.

Él exhala bocanadas de humo hacia el techo, con la mirada perdida.

¿Cuándo volveré a verte?

No lo sé, no puedo salir tan seguido; es peligroso. Comenzarán a sospechar. Se incorpora sobre su codo para mirarle la cara. Él continúa ausente, con la vista hacia arriba, como si ella no estuviera ahí.

Ansía hostigarlo con preguntas, siente una rabia sorda que le hiere por dentro. Tiene ganas de convertirse en la mujer celosa y posesiva para lo que la han educado. Quiere saber dónde ha estado, con quién. Por qué desaparece durante tantos meses, si nunca podrán verse en público; detesta los secretos, la clandestinidad. Siente que cada visita furtiva le consume el juicio, los márgenes de su realidad.

Has hecho algo malo, ¿verdad? La pregunta huye de sus labios antes de notarlo.

Estoy robando y malgastando tu rubia juventud y belleza, ¿No es bastante? Suelta una débil risa ronca.

Ella se incorpora, cubriéndose con la sábana. Hablo en serio.

Se vuelve hacia ella. Su mirada vidriosa arde en confusión y rabia. Sabe que le debe explicaciones, teme que finalmente se canse del misterio y desaparezca. Pero no soporta mostrar ante ella ni un atisbo de fragilidad. Su indiferencia es la única fortaleza que le queda.

He hecho algo malo, y no puedo volver, responde.

¿Nunca?

Al menos no por ahora.

Yo también he hecho algo malo, dice ella torpemente. Algo que nunca van a perdonarme.

Por eso estamos juntos, supongo.

Es posible. Él le acaricia la frente, le recorre la mejilla con un dedo. De cualquier manera habrá vida después de esta vida, después de nuestra vida.

Enciende otro cigarrillo y le ofrece; ella lo rechaza negando con la cabeza. Está fumando demasiado. Es a causa de los nervios, aunque no le tiemblen las manos.

Ven, pide él. Túmbate de nuevo. Se recuesta. Él le rodea la cintura con el brazo y continúa fumando. El humo se retuerce en espirales sobre sus cuerpos vulnerables y quietos, como de dos exiliados.

miércoles, diciembre 24, 2008


"Concéntrate en las palabras" se dice a sí mismo. Las
palabras raras, las antiguas, las atípicas. "Guirnalda,
oráculo, serendipidad, arenga, lúbrico." Cuando estas
palabras se le hayan ido de la cabeza, se perderá para
siempre. Como si nunca hubieran existido.

Oryx y Crake - Margaret Atwood

jueves, diciembre 11, 2008





tengo ganas de escribir algo que te haga un daño inmenso

sábado, noviembre 01, 2008

Una lluvia suave pero constante cae desde el medio día. Hay niebla que envuelve los árboles, los caminos. Ella pasa por delante del parque, buscando su entrada. Un paraguas color crema, a juego con su gabardina, se apoya sobre su hombro. Recorre los senderos vacíos haciendo sonar los tacones en el camino de grava y lo busca con la mirada, temiendo que no esté ahí. En el centro del parque, resguardándose de la lluvia bajo un gran sauce llorón, lo distingue. Aprieta el paso al tiempo que cierra el paraguas.

Él la mira acercarse caminando como si flotara entre la espesura de los árboles y la persistente lluvia. Está sentado en una banca bajo el árbol, esperándola desde hace media hora.

No pude salir antes, dice ella echándose la capucha del abrigo hacia atrás.

No importa.

No debiste haber llamado al timbre, alguien podría haberte visto.

Tuve cuidado. Hacía tiempo que te observaba cerca de la ventana, sabía que me notarías.

Pero pude no haber sido la única. Un escalofrío le recorre la espalda y tiembla. Le gustaría que él la estrechara, pero sabe que no lo hará, no ahora, todavía.

¿Cuándo llegaste?, pregunta ella mirándole las manos. Están limpias, llenas de callos. Las unas cortadas al ras apenas se asoman en los dedos.

Justo ahora.

¿Y cuando vas a irte?

No lo sé, responde él. Gastas el tiempo con demasiadas preguntas.

El viento mece las ramas del árbol que los resguarda. Hace frío y él no está abrigado lo suficiente. Su ropa y su pelo están húmedos. Y la lluvia persiste.

No puedo quedarme mucho, no tardarán en notar mi ausencia, dice ella de pronto, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja y subiéndose la capucha de nuevo.

Él le sujeta la muñeca con una mano limpia de uñas al ras. Volveré a buscarte.

Ella asiente, abre el paraguas y se incorpora. Los tacones suenan sobre la grava para reanudar su camino. Avanza más rápidamente que cuando la vio acercarse. Él clava los ojos en su espalda esbelta y la mira desaparecer engullida por los árboles y la niebla.

Sabe que se ha quedado mirándola, apenas se levanta lo siente atravesándole la espalda. Tiene miedo. La promesa recién hecha se le ciñe como un nudo a la garganta.