El humo ascendía lentamente hasta el techo, enroscándose sobre si mismo, en tenues espirales que surcaban difusas la luz amarillenta del ocaso, filtrada por entre los huecos de las largas y roídas cortinas azules.
“Vamos, sólo dilo. Me necesitas como un mal hábito.”
Las palabras brotan de entre sus mordaces labios al tiempo que exhala otra bocanada, alzando la barbilla, dirigiendo el humo hacia el techo.
Tiene los ojos cerrados, piensas con un dejo de rabia mientras aquella boca cáustica de labios enrojecidos e hinchados vuelve a arrojar espirales al tiempo que mordisquea el filtro. Maldita perra.
La miras desde lejos. Desde la silla maltrecha en la oscura esquina de la habitación donde desde hace rato te arrinconas, muy cerca de la puerta. La miras entera; tan lejana, desnuda y fría, yaciendo sobre la cama. Y tus dedos se crispan con violencia sobre los bordes de la silla. Inhalas entonces con fuerza, buscando llenarte desde la nariz hasta los pulmones con ese aire pesado, silencioso, de olor a sexo, a sudor y a humo.
El aroma de su cuerpo tibio recostado de espaldas sobre la cama se filtra por todo tu pecho. Tus pupilas oscuras la recorren exacta, cada centímetro de su cuerpo claro, abierto. Mientras, su torso reclama rítmicas inspiradas al cigarrillo, el tórax subiendo y bajando en las sábanas, dibujando las marcadas costillas sobre la piel. Su clavícula encajada, sobresaliente, y su largo y altivo cuello, aún cubierto por el sudor áspero, hasta llegar a la nuca que reposa en la almohada.
Los dedos temblorosos acercan una vez más el resto de cigarro a los labios entreabiertos, rojos e inflamados, con las marcas de tus incisivos aún palpitantes en ellos. Los párpados cerrados y las pestañas que trazan largas sombras sobre las mejillas cubiertas todavía de un débil rubor. Miras su quebrada cintura con odio, tal vez con desprecio. Las piernas pálidas y delgadas, que horas antes se ceñían fuertemente alrededor de tus flancos. Los pies pequeños, cuyos dedos recorriste tantas veces con los labios. Volvías a mirar aquel cuerpo pálido, leche de luna en las oscuras hojas, reconociendo cada hueco, cada espacio, sin terminar de detestarlo entero, con un infinito rictus de dolor contrayéndote el rostro.
Los restos del cigarrillo que se termina de consumir se escabullen en las últimas espirales. El aire en la habitación se ha vuelto asfixiante. Los rayos de luz que atraviesan el humo se tiñen de escarlata. Esta a punto de anochecer. Y sabes que ella se irá. Del mismo modo en que llegó, oculta, sigilosa. Como lo ha hecho en cada ocaso, todos los días, por los últimos cuatro meses. Pero que ésta vez se irá para nunca más volver. Lo sabes, puta madre, lo sabes. Que ésta fue la última vez que fue tuya, como nunca antes lo fue, como nunca más lo volverá a ser.