jueves, marzo 20, 2008


PUSILÁNIME

lunes, marzo 03, 2008











...los ojos dorados ligeramente enrojecidos, cargados de esperanza y tu media sonrisa soplándome el aliento para adelantarte a mi voz, y en un sólo impulso decir llévame, llévame contigo, no quiero estar más aquí, llévame contigo. Los golpes de ala contra el pecho: atraerte, apretarte, besar el pelo, el rostro, bordear cada poro con la respiración cortada; rodeando con indecisión, con miedo, la palabra necesaria, la palabra que por años, después, habría de doler en la garganta.


días de amor (y otros olvidos) - arturo castillo alva

domingo, febrero 10, 2008

845



eres tan

visceral









lunes, febrero 04, 2008

listening to your music



and

watching your photographs






it's like



falling in love with you

























every moment


viernes, febrero 01, 2008


no entendí que se hubiera ido cuando cortaba en florecita un rábano,
ni cuando saqué las delicias plásticas de un pepino,
ni cuando de un betabel los colores rojos vinieron con sus figuras a embellecer la superficie de mi banco de cocina.
Y sí,
he de reconocerlo,
derramé algunas lágrimas cuando las cebollas me hicieron saber que,
sin hipocresías de otras legumbres,
estaba sufriendo,
y eso se nota en los ojos,
que no me hiciera tonto y llorara agusto,
para qué me hago tonto si me está doliendo que ella se haya ido,
la única.



te ve, mi amor, tv - d.medina

viernes, enero 18, 2008




siento



mi
alma


como



tierra




quemada


viernes, enero 04, 2008


El humo ascendía lentamente hasta el techo, enroscándose sobre si mismo, en tenues espirales que surcaban difusas la luz amarillenta del ocaso, filtrada por entre los huecos de las largas y roídas cortinas azules.

“Vamos, sólo dilo. Me necesitas como un mal hábito.”
Las palabras brotan de entre sus mordaces labios al tiempo que exhala otra bocanada, alzando la barbilla, dirigiendo el humo hacia el techo.

Tiene los ojos cerrados, piensas con un dejo de rabia mientras aquella boca cáustica de labios enrojecidos e hinchados vuelve a arrojar espirales al tiempo que mordisquea el filtro. Maldita perra.
La miras desde lejos. Desde la silla maltrecha en la oscura esquina de la habitación donde desde hace rato te arrinconas, muy cerca de la puerta. La miras entera; tan lejana, desnuda y fría, yaciendo sobre la cama. Y tus dedos se crispan con violencia sobre los bordes de la silla. Inhalas entonces con fuerza, buscando llenarte desde la nariz hasta los pulmones con ese aire pesado, silencioso, de olor a sexo, a sudor y a humo.

El aroma de su cuerpo tibio recostado de espaldas sobre la cama se filtra por todo tu pecho. Tus pupilas oscuras la recorren exacta, cada centímetro de su cuerpo claro, abierto. Mientras, su torso reclama rítmicas inspiradas al cigarrillo, el tórax subiendo y bajando en las sábanas, dibujando las marcadas costillas sobre la piel. Su clavícula encajada, sobresaliente, y su largo y altivo cuello, aún cubierto por el sudor áspero, hasta llegar a la nuca que reposa en la almohada.

Los dedos temblorosos acercan una vez más el resto de cigarro a los labios entreabiertos, rojos e inflamados, con las marcas de tus incisivos aún palpitantes en ellos. Los párpados cerrados y las pestañas que trazan largas sombras sobre las mejillas cubiertas todavía de un débil rubor. Miras su quebrada cintura con odio, tal vez con desprecio. Las piernas pálidas y delgadas, que horas antes se ceñían fuertemente alrededor de tus flancos. Los pies pequeños, cuyos dedos recorriste tantas veces con los labios. Volvías a mirar aquel cuerpo pálido, leche de luna en las oscuras hojas, reconociendo cada hueco, cada espacio, sin terminar de detestarlo entero, con un infinito rictus de dolor contrayéndote el rostro.

Los restos del cigarrillo que se termina de consumir se escabullen en las últimas espirales. El aire en la habitación se ha vuelto asfixiante. Los rayos de luz que atraviesan el humo se tiñen de escarlata. Esta a punto de anochecer. Y sabes que ella se irá. Del mismo modo en que llegó, oculta, sigilosa. Como lo ha hecho en cada ocaso, todos los días, por los últimos cuatro meses. Pero que ésta vez se irá para nunca más volver. Lo sabes, puta madre, lo sabes. Que ésta fue la última vez que fue tuya, como nunca antes lo fue, como nunca más lo volverá a ser.


miércoles, diciembre 05, 2007

hay horas,




horas,





h o r a s ,




en que estas tan
ausente








que todo te lo digo.

miércoles, noviembre 14, 2007

Intuición.


Pero sólo siento los muslos dormidos. El cosquilleo incesante bajando con una tenacidad idiota hasta las plantas pies, junto con la mano que lánguidamente comenzó acariciando la ingle, haciendo círculos y espirales sobre la piel.

Y tiemblo, tiemblo, y no dejo de temblar. Porque la mano sigue, busca y sólo encuentra el cuerpo tibio, húmedo, vidrioso colmado de frío y cafeína. Trémulo de las rodillas y de todos sus dedos, un vientre ansioso estremeciéndose convulsionado, la espalda arqueada sobre las sábanas y un gemido interminable atorado en la garganta.

Esos dedos ávidos que hurgan. Queriendo desenterrarte de algún lugar, muy adentro. Quebrándome y buscándome, y buscándote sin encontrarte. Con los ojos cerrados y los incisivos enterrados en el labio, deseando con aquel insensato desespero que la mano que me acaricia, ah aquella mano, fuera en realidad la tuya, y no la triste mía.


sábado, noviembre 10, 2007


Respira, respira


Nada más patético que tres meses sin escribir.

Y más patético aún que después de tanto tiempo me hayan dado ganas de hacerlo con el mareo de las 5 horas de camino encajadas en todo el cuerpo y el stress de la próxima y última semana de exámenes rondando por la cabeza. En una esquina de la habitación en el hotel Ostentoso Inn., el ventanal con sus catorce pisos a mi espalda y todo el cansancio de estos últimos días metiéndoseme con el brillo de la pantalla por los ojos.

Y es que ya no leo, ni escribo, ni lloro, ni hago nada.

Me trajeron a Monterrey contra mi voluntad, y después del berrinche inicial en las primeras horas de camino, me resigné con los audífonos en las orejas a escudriñar a través del cristal y recordarte en el camino. La película de los Ángeles Caídos y el libro de la Comunicación Tirana sólo me espantaron el sueño para acentuarme aún más el mareo y mirando por la ventana, en medio de alaridos y solos de guitarra se me fueron las horas una a una, el entumecimiento de los muslos reptando lentamente hasta la nuca, confundiéndoseme con los pensamientos mientras te extraño con este puto, puto desespero.

Y me preguntan que por qué, que por qué demonios ya no escribes, que porqué carajos ya no lees. Y la pregunta me da vueltas todo el tiempo en la cabeza, cuando lo único que me hace falta, y ahora lo sé, es eso. Tiempo, tiempo, que se me escurre desde los dedos hasta tu columna vertebral, buscándote delirante, (¿Delirio?) frenético. La tensión liada con las putas ganas de quererte, de tenerte, entre mis piernas, bajo mis labios, mientras te llevas mi razón entre tus manos y al mismo tiempo me evoca intermitente los proyectos de foto, el examen de psicología y los demás trabajos finales a punto de ser engullidos por la temporada navideña con todo y mis ganas de pensar y de escribir, y de leer y de llorar.

Pero de algún modo sé que es cierto. Que por más espasmos de stress en el vientre y desolados vómitos matutinos, el vicio aún sigue por ahí, latente, como vil enfermedad, queriendo volcarse en las mismas letras perplejas que nos metieron en problemas aquella vez que leyeron sobre cómo te estoy queriendo, ese puto modo absurdo, ilógico en que lo hago.