martes, octubre 06, 2009

demasiados adjetivos.

viernes, octubre 02, 2009


Habría que lavar no sólo el piso: la memoria.
Habría que quitarles los ojos a los que vimos,
asesinar también a los deudos,
que nadie llore, que no haya más testigos.

Pero la sangre echa raíces
y crece como un árbol en el tiempo.

La sangre en el cemento, en las paredes,
en una enredadera: nos salpica,
nos moja de vergüenza,

de vergüenza,


de vergüenza.


lunes, agosto 31, 2009


take me, take me back to your bed
i love you so much that it hurts my head
i don't mind you under my skin
i'll let the bad parts in, the bad parts in

miércoles, agosto 19, 2009

Te decía que Vidal nació en la mañana con mis labios sobre tus labios como para meterte en la boca la certeza del flamante primo, detrás de tu nuca el vaso con agua y el celular, empujando mi vientre ansioso al tuyo, escaleras abajo, hasta la rechinante puerta de la habitación.

Después, después, el mobile con sus trozos colgantes de geoda que tintinean bajo la ventana abierta y tus besos en la espalda baja torturada me arrancan el suplicio delineando un escalofrío hasta el centro mismo de las piernas, con el hueco de mi cintura entre tus manos y la certeza de mis 43 kilos como un estigma lastimero sobre ti.

La mirada de Ella vigilando desde la repisa, junto al ramo de rosas marchitas que algún día me diste, una colcha azul de plumas bajo el perro adormecido con las patas estiradas y el nudo de nuestros cuerpos, hurgando en los lunares de tu hombro izquierdo por la justificación de mi veintena al borde del mismo precipicio y encontrarla al repasar suavemente las puntas de los dedos en los rasguños de tu espalda.

domingo, julio 26, 2009


-¿Tú me quieres de verdad? -me preguntó en voz baja.
-Pues claro -respondí-. Claro que te quiero.
Me miró de frente apretando los labios con fuerza. Sostuvo la mirada tanto tiempo que empecé a sentirme incómodo.
-Yo también te quiero -dijo un poco después.
"Pero", pensé.

-Pero -siguió tal como yo había previsto-, no vayas tan deprisa.
Asentí.
-No me atosigues. Yo tengo mi propio ritmo. No soy tan espabilada. Necesito tiempo para hacer las cosas. ¿Podrás esperar?
Volví a asentir en silencio.
-¿Me lo prometes? -preguntó.

-Te lo prometo.

-¿Y no me harás daño?

-No te haré daño.
Izumi bajó los ojos y se quedó mirando los zapatos. Eran unos mocasines negros corrientes. Al lado de los míos, se veían tan pequeños que parecían de juguete.
-Tengo miedo -dijo-. Últimamente, no sé por qué, me siento como un caracol sin caparazón.
-Yo también tengo miedo. No sé por qué, pero a veces me siento como una rana sin membranas entre los dedos.
Alzó la vista y me miró. Esbozó una pequeña sonrisa.
Luego, sin mediar palabra, nos dirigimos a la parte umbría del edificio, nos abrazamos y nos besamos. Éramos un caracol que había perdido el caparazón y una rana que había perdido las membranas. La apreté con fuerza contra mi pecho. Nuestras lenguas se tocaron con suavidad. Acaricié sus senos por encima de la blusa. No se resistió. Sólo cerró los ojos, suspiró. Sus pechos no eran muy grandes, se amoldaban a la perfección a la palma de mi mano. Como si hubieran sido hechos para ello. Ella apoyó la mano sobre mi corazón. Su tacto se fundió con mis latidos.

jueves, julio 09, 2009


Tenía los tobillos como los de un junco altivo; tensos, alargados, a punto de saltar. Le gustaba exhibirlos y usaba sandalias de correas delgadas que no entorpecieran su prodigio. Insinuaba una coquetería natural al caminar, provocada justamente por ese par de tobillos delgados que trazaban una fina línea entre el sórdido andar de los mortales y el vaporoso deambular de los espíritus.
La gente volvía la mirada al pasar junto a ella, asombrada ante el equilibro pasmoso con el que recorría su existencia. Inspiraba una dolorosa ternura observarla subir la escalera, apoyando la puntita del pie derecho y jalando hacia atrás el cuerpo para después apoyar la otra puntita y que una serie de suspiros llenaran las bocas de los espectadores al admirar esa delicada secuencia de movimientos.
Aquella mañana había andado descalza, luciendo su habilidad de equilibrista al convertir la cocina en la cuerda floja que le suspendía tres mil metros sobre el vulgar andar de los demás. Una corriente de aire cerró la ventana de piso de arriba y quebró el cristal, derramando vidrios con un estruendo digno de un robo. Ella escuchó el estrépito y subió las escaleras con prisa, apoyando la puntita del pie derecho y jalando hacia arriba el cuerpo para después apoyar la otra puntita, y la otra y la otra y la otra, hasta que el escalón se perdió en medio de otros dos idénticos y la infortunada puntita del pie izquierdo resbaló sin perder ni un atisbo de su particular elegancia. El tobillo se dobló hacia abajo, al perder por primera vez en su vida el equilibro con el que andaba el mundo, y cayó justo a la mitad de la escalera, confundida entre los aullidos de dolor que le llenaban la boca y la rabia contra ese esguince que estaba empezando a deformarle el junco orgulloso. Él escuchó el estruendo, corrió con la taza de café aún en la mano para detenerse al pie de la escalera y no admirarla en su grácil andar de venada, sino encontrarla desencajada como una pobre marioneta a la que le han cortado los hilos con un golpe de tijera.
La tomó en brazos, besándole los ojos llorosos, las mejillas empapadas, acostándola sobre la cama, preguntándole torpemente ¿te duele mucho, vida mía, mucho, mucho?, apartándole los cabellos de la frente y ahora arrodillado ante sus pies, gemelos idénticos desparejados, besándole el pie del pasito malo, el del tobillo lastimado, caliente e hinchado bajo sus labios. Corrió a la cocina a traer un puñado de hielos que envolvió en la toalla de manos y colocó junto a la articulación herida, apretándola con tanta angustia a ratos que ella soltaba un quejido; con la nariz casi pegada al pie siniestro, escrutaba cualquier cambio en la hinchazón, algún síntoma que anunciara una catástrofe irremediable.
Y mientras los hielos se derretían bajo la toalla, goteando las sábanas de la cama, le extendió la pierna, levantándola para mirar a trasluz el tobillo y una gota de agua fría escurrió desde la pierna hasta el interior de sus muslos, provocándole a ella escalofríos y a él una ternura infinita al imaginarse esa gota como una lágrima que se escapa del tobillo. Siguió con la punta del dedo el rastro dejado por la gota, sorteando las venas traslúcidas bajo la piel, yendo en el sentido de la sangre que bajaba del pie desde lo alto. Frente a ella, con la rodilla temblorosa del pasito malo sobre el hombro, perdió el rastro de la gota al sumergirse en el interior de su falda. El dedo se perdió entre sus piernas como un zahorí en busca de agua y encontró, sorprendido, un nacimiento tan húmedo que le borró por completo la angustia de la torcedura.
Ella se había quedado quieta y sollozante, tan abatida por ese súbito accidente mundano que le dolía más la vergüenza de su pérdida de equilibrio que el suplicio de las palpitaciones. Cuando advirtió que él se olvidaba del esguince y pasaba a concentrarse en cosas más agradables, se abandonó al placer de haber tropezado con el mejor y probablemente el más feliz remedio contra las heridas.

jueves, junio 25, 2009

you pull me through time


all these years,
all these memories,
there was you

sábado, junio 13, 2009


is that why they call me sullen girl, sullen girl?
they don't know i used to sail the deep and tranquil sea
but he washed me shore
and he took my pearl
and left an empty
shell of me

jueves, mayo 28, 2009

La casa olerá a café apenas hayas llegado. Te detendrás ante la puerta buscando la llave en los bolsillos húmedos mientras la lluvia sigue empapándote el cuerpo y, apenas entrando, te toparás con la sala a oscuras. El perro saltará sobre ti meneando alegremente el rabo y el fuerte aroma del café recién hecho te llenará de golpe los pulmones. Te exprimirás el pelo con las manos, te despojarás de los converse y los calcetines que chorrearán agua y andarás descalza hasta la cafetera encendida. Tomarás una taza azul del estante y la llenarás hasta el borde con ese café amargo. Entonces el primer trago te quemará la garganta y te hará estremecer con violencia las tripas y el vientre vacío; las agruras inundarán lentamente tu boca al tiempo que el oscuro vicio se te pega a las paredes del estómago y te llena de un indómito calor por dentro.
La lluvia seguirá cayendo. Sostendrás la taza entre las manos, tu mirada se perderá con el cristal mojado de la ventana y escurrirá entre los trozos de cielo líquido que caen. Un relámpago surcará el cielo y el trueno te sacudirá de pronto el aturdimiento. Habrás estado ida un largo rato, y apenas vuelvas en ti, dejarás la taza sobre la mesa y abrirás de golpe la ventana.
La fría brisa revuelta con agua entrará desde el jardín y salpicará tu cara. Cerrarás los ojos mientras escuchas caer las gotas y las corrientes heladas te erizan la piel bajo la ropa húmeda. El perro se pegará a tus tobillos para tratar de lamerte los pies mojados; con la mirada fija en el cielo gris y centelleante, te sacarás los jeans de pesada mezclilla húmeda y andarás semidesnuda a lo largo de la sala sumida en tinieblas para ir abriendo una a una las ventanas. Al llegar al pie de las escaleras dejarás la playera de tela blanca y ahora transparente goteando como una paloma lánguida en el barandal de madera. Recorrerás de puntillas los peldaños y sólo se escuchará el murmullo de tus pies descalzos sobre la loza y el repiqueteo de la lluvia en el tejado.
Y mientras subes las escaleras te irás desabrochando el sujetador y liberando tus hombros enjutos y los brazos. La ventana del pasillo en la escalera se abrirá con un golpe sordo y la brisa húmeda y fría te erizará con un escalofrío la piel desnuda en la nuca y los pezones.
Afuera la lluvia habrá arreciado. Llegarás al segundo piso y seguirás abriendo una a una las ventanas, hasta que la tormenta entera atraviese la casa, puro viento y agua, sin oponer resistencia.
Te detendrás de repente ante el gran espejo que cuelga de la pared de tu habitación; tu imagen se perderá entre las sombras y sólo la tenue luz amarillenta de una farola que se filtra desde la ventana iluminará tu silueta.
Clavarás sin piedad la mirada en el cuerpo que ahora encuentras mancillado, ajeno; y con un abatido gesto te despojarás de tu última prenda hasta quedar desnuda por completo. Tus ojos recorrerán puntuales esa piel recién estrenada, esos pechos apenas besados, ese sexo perverso y ahora deshonrado. Y la lluvia inundará finalmente el interior de tu casa.
El llanto te sacudirá con violencia, y no perderás detalle de esas lágrimas que te escurren por la barbilla y gotean hasta el suelo, mezclándose en un charco de lluvia y agua. Tus sollozos serán tan estremecedores que no escucharás el timbre del teléfono, empezando asonar en ese instante. Los timbrazos se perderán entre el trueno y los lamentos, una y otra vez, hasta que el contestador automático emita un sonoro bip y se disponga a grabar el mensaje.
Entonces tu aflicción será interrumpida por aquella voz áspera que te dice desde un rincón de la habitación dame un motivo, dame un sólo motivo para irme y te juro que lo haré, y la comunicación se cortará bruscamente; tu conjoja se desvanecerá con esa misma urgencia mientras te quedas de piedra, ahora temblando y con los ojos cerrados para no ver más tu reflejo.
Tus oídos buscarán algún resquicio de tormenta, de relámpago, de trueno, algo que ahogue las palabras que ahora te retumban en la cabeza, y correrás hasta la terraza tropezando con las macetas porque aún estás ciega de espanto, para detenerte de golpe justo en el centro. Un soplo de viento helado se enroscará como danzando alrededor de tu cuerpo y lo sacudirá con espasmos rabiosos; y al no encontrar más la lluvia sobre tu cabeza te darás cuenta que se te ha metido adentro, que el trueno palpita ahora con estruendo en tu pecho y el relámpago se te ha vuelto un escalofrío permanente en las vértebras.
Te habrás quedado perpleja, desnuda e inmóvil bajo el cielo encapotado, percibiendo esa tempestad arremolinándose, pugnando por salir con una terrible prisa y un desespero; en cualquier momento, en cualquier momento,
Al abrir los ojos y cerrar las manos,
Y el silencio.

domingo, mayo 17, 2009

qué ganas de llorar ahora de vuelta la realidad, después de dos días de encierro en despoblado; se acaban los pays de nueces, los litchis, el cabrito, la tibieza del sol de campo.
qué nostalgia de esas horas tejiendo a la sombra del mezquite, el viento fresco que se enreda en las ramas y tus cabellos, cuando las golondrinas del estacionamiento abandonan sus nidos y sus crías y se remojan en los charcos junto a la alberca.
tan triste como las piedras del arrollo tiradas junto al río, casi unos infelices huevos de dinosaurio, lisos y blancos de soledad.
qué aciago aquel momento en la tormenta de la noche, cuando el cielo crujía de agua sobre la hacienda y los eucaliptos de la ventana, azotando con truenos y lágrimas las ventanas y robándose la luz en un suspiro, desvaneciéndola frente a nuestros ojos, como el epílogo de hoy, o quizás tan solo un nuevo preámbulo.
la pena al despedir a los dos viejos labradores negros y al heeler azul, con sus ojos cansados y el pelambre lleno de cadillos, qué amargura tan grande no verlos más correteando a las ovejas ni trotando junto a los caballos,
miras hacia atrás por la ventana de la camioneta, el camino que recorre un barrio de la esperanza con sus bardas de piedras amontonadas y de nopales, escuchando alguna canción en el ipod y ahora ya avanzando sobre la carretera, con los límites de la ciudad cerca y la espantosa certeza de una rutina y otras cosas peores a punto de empezar apenas te adentres en ella.