Respira, respira
Nada más patético que tres meses sin escribir.
Y más patético aún que después de tanto tiempo me hayan dado ganas de hacerlo con el mareo de las 5 horas de camino encajadas en todo el cuerpo y el stress de la próxima y última semana de exámenes rondando por la cabeza. En una esquina de la habitación en el hotel Ostentoso Inn., el ventanal con sus catorce pisos a mi espalda y todo el cansancio de estos últimos días metiéndoseme con el brillo de la pantalla por los ojos.
Y es que ya no leo, ni escribo, ni lloro, ni hago nada.
Me trajeron a Monterrey contra mi voluntad, y después del berrinche inicial en las primeras horas de camino, me resigné con los audífonos en las orejas a escudriñar a través del cristal y recordarte en el camino. La película de los Ángeles Caídos y el libro de la Comunicación Tirana sólo me espantaron el sueño para acentuarme aún más el mareo y mirando por la ventana, en medio de alaridos y solos de guitarra se me fueron las horas una a una, el entumecimiento de los muslos reptando lentamente hasta la nuca, confundiéndoseme con los pensamientos mientras te extraño con este puto, puto desespero.
Y me preguntan que por qué, que por qué demonios ya no escribes, que porqué carajos ya no lees. Y la pregunta me da vueltas todo el tiempo en la cabeza, cuando lo único que me hace falta, y ahora lo sé, es eso. Tiempo, tiempo, que se me escurre desde los dedos hasta tu columna vertebral, buscándote delirante, (¿Delirio?) frenético. La tensión liada con las putas ganas de quererte, de tenerte, entre mis piernas, bajo mis labios, mientras te llevas mi razón entre tus manos y al mismo tiempo me evoca intermitente los proyectos de foto, el examen de psicología y los demás trabajos finales a punto de ser engullidos por la temporada navideña con todo y mis ganas de pensar y de escribir, y de leer y de llorar.
Pero de algún modo sé que es cierto. Que por más espasmos de stress en el vientre y desolados vómitos matutinos, el vicio aún sigue por ahí, latente, como vil enfermedad, queriendo volcarse en las mismas letras perplejas que nos metieron en problemas aquella vez que leyeron sobre cómo te estoy queriendo, ese puto modo absurdo, ilógico en que lo hago.